domingo, 11 de diciembre de 2011

Reencuentro


Tú dormías plácidamente sobre mi cama y el ruido del metro que pasaba cada 5 minutos me recordaba cuanto tiempo llevaba ahí. Inmóvil, mirando tu piel perfectamente tallada por tus músculos. Tu ropa esparcida en el suelo, las sábanas aún húmedas de tanto correr sobre el colchón. El silencio de la habitación y la luz reflejada en las paredes blancas, hacía parecer que nada podría irrumpir la calma. Me paré de la cama tratando de no despertarte. Caminé al baño y mientras hacía un lado la ropa que tú tiraste para bañarme, encontré un pasaje con la fecha de hoy. Tu celular en silencio, tenía más de 30 llamadas perdidas y mensajes de texto que no me atreví a leer. Me senté un rato más a admirar tus lunares estratégicamente esparcidos sobre tu espalda formando constelaciones donde seguramente están escritos nuestros pasos. Antes de empezar a juzgarte. Traté de recordar cómo llegamos ahí. Mi memoria parecía nublada y todo era tan perfecto que había olvidado por completo hacerme esa pregunta. Entonces rebusqué entre billetera y bolsillos, boletas que me pudieran hacer recordar.
Estaba en la cafetería de la biblioteca haciendo uso por primera vez del descuento en café, con unos tres libros pequeños sobre la mesa y mi cuaderno… con la mitad de la hoja en blanco, Miré el calendario de mi teléfono y me pregunté si aún seguiría en pie tu plan de dejar Chile. Sentí nostalgia, y pensé en que habría querido despedirme de ti. Fue entonces cuando respiré profundo y dejé caer mi cabeza hacia atrás, con la mirada perdida en el alto techo, mis manos entrelazadas sujetando mi nuca. En aquel momento creí escuchar tú voz. Se me agrandaron los ojos sin querer. Vi que hablabas por celular y de la otra mano llevabas tu maletín de cuero negro, clásico. Esperé a que cortaras, y dejé mi mirada fija en ti con una sonrisa disimulada. No me viste de inmediato, estabas buscando algo en la barra, querías un café, caminabas torpe buscando una mesa y soplando el café sin azúcar, te levante la mano. Sonreíste sorprendido y un poco intimidado, quizás porque no esperabas verme o porque querías estar solo, o ambas. Te sentaste frente a mí, absorto hasta que me preguntaste por lo que escribía ahora, y recordamos viejos hábitos literarios. Terminaste tu café y estaban por cerrar la biblioteca, pero tomaste mi mano y me llevaste corriendo escalera arriba, como si la conocieras de memoria, y todo me pareció nuevo, había olvidado esa capacidad tuya de inventar. Husmeamos por todo recoveco al cual se pudiera ingresar aunque fuera con un poco de contorsionismo. Perdimos de vista al guardia un par de veces, ese vértigo por huir y ser tu cómplice me hacían temblar otra vez. Finalmente huimos por el jardín lateral riéndonos. Me ayudaste a saltar la reja y tú no tuviste problema en salir por tu cuenta. Una vez fuera, te pregunte cual sería el siguiente destino, sonreíste emocionado ante la incertidumbre, vi en tu rostro la disposición de ser raptado por mí, reconocí tu gesto, la emoción se apoderó de mi también y caminamos abrazados hacia el club, te soltaste el segundo botón de tu camina y te arremangaste las mangas, te cruzaste el maletín, y sentí con eso que estabas listo para la diversión como en los viejos tiempos. Llegamos a la puerta angosta y saque las llaves para abrir, respiré profundo, conteniendo todo lo que se venía a mi mente.
Jamás imaginé tenerte ahí otra vez.

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