Tú dormías
plácidamente sobre mi cama y el ruido del metro que pasaba cada 5 minutos me
recordaba cuanto tiempo llevaba ahí. Inmóvil, mirando tu piel perfectamente
tallada por tus músculos. Tu ropa esparcida en el suelo, las sábanas aún
húmedas de tanto correr sobre el colchón. El silencio de la habitación y la luz
reflejada en las paredes blancas, hacía parecer que nada podría irrumpir la
calma. Me paré de la cama tratando de no despertarte. Caminé al baño y mientras
hacía un lado la ropa que tú tiraste para bañarme, encontré un pasaje con la
fecha de hoy. Tu celular en silencio, tenía más de 30 llamadas perdidas y
mensajes de texto que no me atreví a leer. Me senté un rato más a admirar tus
lunares estratégicamente esparcidos sobre tu espalda formando constelaciones
donde seguramente están escritos nuestros pasos. Antes de empezar a juzgarte.
Traté de recordar cómo llegamos ahí. Mi memoria parecía nublada y todo era tan
perfecto que había olvidado por completo hacerme esa pregunta. Entonces
rebusqué entre billetera y bolsillos, boletas que me pudieran hacer recordar.
Estaba en la
cafetería de la biblioteca haciendo uso por primera vez del descuento en café,
con unos tres libros pequeños sobre la mesa y mi cuaderno… con la mitad de la
hoja en blanco, Miré el calendario de mi teléfono y me pregunté si aún seguiría
en pie tu plan de dejar Chile. Sentí nostalgia, y pensé en que habría querido
despedirme de ti. Fue entonces cuando respiré profundo y dejé caer mi cabeza
hacia atrás, con la mirada perdida en el alto techo, mis manos entrelazadas
sujetando mi nuca. En aquel momento creí escuchar tú voz. Se me agrandaron los
ojos sin querer. Vi que hablabas por celular y de la otra mano llevabas tu
maletín de cuero negro, clásico. Esperé a que cortaras, y dejé mi mirada fija
en ti con una sonrisa disimulada. No me viste de inmediato, estabas buscando
algo en la barra, querías un café, caminabas torpe buscando una mesa y soplando
el café sin azúcar, te levante la mano. Sonreíste sorprendido y un poco
intimidado, quizás porque no esperabas verme o porque querías estar solo, o
ambas. Te sentaste frente a mí, absorto hasta que me preguntaste por lo que
escribía ahora, y recordamos viejos hábitos literarios. Terminaste tu café y
estaban por cerrar la biblioteca, pero tomaste mi mano y me llevaste corriendo
escalera arriba, como si la conocieras de memoria, y todo me pareció nuevo,
había olvidado esa capacidad tuya de inventar. Husmeamos por todo recoveco al
cual se pudiera ingresar aunque fuera con un poco de contorsionismo. Perdimos
de vista al guardia un par de veces, ese vértigo por huir y ser tu cómplice me
hacían temblar otra vez. Finalmente huimos por el jardín lateral riéndonos. Me
ayudaste a saltar la reja y tú no tuviste problema en salir por tu cuenta. Una
vez fuera, te pregunte cual sería el siguiente destino, sonreíste emocionado
ante la incertidumbre, vi en tu rostro la disposición de ser raptado por mí,
reconocí tu gesto, la emoción se apoderó de mi también y caminamos abrazados
hacia el club, te soltaste el segundo botón de tu camina y te arremangaste las
mangas, te cruzaste el maletín, y sentí con eso que estabas listo para la
diversión como en los viejos tiempos. Llegamos a la puerta angosta y saque las
llaves para abrir, respiré profundo, conteniendo todo lo que se venía a mi
mente.
Jamás imaginé
tenerte ahí otra vez.

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