sábado, 27 de diciembre de 2008

Renata


El club parecía comenzar la velada como cada sábado. Eran las cero horas. Isabel y Agustina bailaban bajo las luces cálidas del escenario. El ritmo de "justify my love", impulsaba a mis chicas a deslizar sus muslos por los caños, ayudadas por la lascivia húmeda que corría por sus cuerpos.
En el área verde estaba Elizabetta sobre las piernas de Martan. Seduciendo con su mirada azul, desde lejos, al turco que no paraba de agitar sus hielos en el whisky; mientras en el rincón violeta, estaba Renata sentada sobre la mesa. Sus largas piernas colgaban cruzadas y revestidas de ligas negras que terminaban en tacones de aguja. Su pelo torrencial caía desordenado por sus hombros. Ella fumaba con boquilla su cigarrillo, lentamente, y a su alrededor crecía la nebulosa. Fue entonces cuando la luz roja de la entrada se encendió. Súbitamente, Renata volvió la mirada hacia su derecha. Ahí estaba él, colgando su sombrero en la puerta, clavando sus ojos negros en ella como una flecha. Le sonrió con esa oscura y premeditada intención de poseerla. Caminó hacia ella, despacio, al mismo tiempo que ella separó sus piernas presionando los tacones sobre las orillas del sillón, inclinó la cabeza hacia la izquierda, descubriendo así su cuello, sus ojos estaban encendidos. Habían pasado más de 2 años desde la última vez. Sin embargo, el tiempo volvía a detenerse en busca del misterio que los reencontraba. Con una sonrisa de medio lado y elevando una ceja se miraron. Él se detuvo delante de ella, deslizó su nariz hasta su oreja olfateándola, como si así pudiera conocer su destino. Ella lo agarró por la nuca y escondiendo sus dedos en su pelo negro azabache, lo presionó contra ella. El cigarrillo a medio quemar, cayó al suelo y la boquilla rodó por el parquet.
Renata se bajó de la mesa sin decir nada y caminó hasta la barra. Él la siguió en silencio reconciliándose con sus muslos y caderas que se balanceaban serenamente.
Una vez en el bar, Sylvia les miró desde la caja tratando de adivinarlo todo, conocía la fascinación de Renata por aquel cliente. Ellos bebían vodka tónica. Las pupilas dilatadas de Julián y la intensidad con que Renata sujetaba el vaso, delataban sus intensiones. Ansiaban  subir al tercer piso, donde Renata le haría recordar cuanto le conocía y porque había vuelto. Mientras miraba hipnotizado sus labios y rozaba con las yemas de los dedos el dorso de su mano izquierda, él Recordó cuantas veces había despertado entre sábanas que no eran las de ella gritando su nombre.
Renata puso de golpe su vaso a medias sobre el mesón, lo tiró brusco de la corbata  y susurró: ¡vamos!; él la sujetó de la cintura presionándola contra su cinturón. Algo entre ellos vibró. Era el celular de Julián. Miró la pantalla azul, sus ojos se abrieron aún más y contuvo la respiración. Ella lo soltó y comenzó a caminar hacia la escalera de caracol; él apretó fuerte el celular con su mano y lo silenció. Miró a Sylvia sin decir una palabra, dejó el teléfono sobre la barra para ir tras ella.

4 comentarios:

La Piedra de la Locura dijo...

Saludos en esta atmósfera cinematográfica, pretexto al parecer para multiplicar voces muy particulares, algo de parnaso árabe, algo de cine negro. Felicitaciones y sorpresa ante la poética del norte norte.

Saludos.

Unknown dijo...

sigue escribiendo estas historias tan intensas y se vienen las proximas!!!
un abrazo

jana dijo...

sera q todas las putas seremos indecisas....

Anónimo dijo...

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